La fábrica de agua


Cuando era niña, armé una máquina que fabricaba agua. Reuní varias piezas de hierro que mi papá tenía al fondo del patio y los combiné con un único criterio: que encastraran de alguna forma para el agua que yo arrojaba con un vasito iniciara un trayecto entre las piezas, recorriera el cauce artificial y desembocar en un balde. 

Con esta máquina, nunca me propuse salvar el mundo porque a esa edad no llegaba a comprender que el agua era un recurso escaso y por eso tampoco se me ocurrió envasar el agua recolectada en el balde y venderla. 

La infancia tiene eso. Uno monta una fábrica de agua porque la puede imaginar y no hay dato del mundo exterior que pueda arruinar ese propósito. Ni el miedo al que dirán, ni la preocupación por saber que de eso no vamos a poder vivir.